Actualmente estamos viviendo
una situación complicada a nivel sanitario que nos está haciendo
cambiar nuestras formas de vida. Esto ha afectado también a la educación,
ya que es recomendable preparar al alumnado para una posible docencia online,
en el caso de que haya un segundo confinamiento o que se confinen centros o
aulas concretas. Pero... ¿hasta qué punto es viable la docencia online?
La docencia
online ya se tuvo que poner en práctica y de manera inesperada el pasado mes de
marzo, algo que supuso un shock tanto para los docentes como para el alumnado.
En ese momento todos los agentes trataron de poner en práctica los recursos y
conocimientos sobre las TICs que resultaran útiles para garantizar la
continuidad de las clases. Pero no tardaron en verse los primeros problemas.
Hay familias que no disponen de recursos necesarios como ordenador, impresora,
escáner … que se hacen imprescindibles para seguir las clases,
realizar y entregar las tareas... Relacionado con esto, nos encontramos con la
necesidad de la presencia de adultos para poder seguir la programación. Esto
pasa sobre todo cuando son más pequeños, que no saben manejar correctamente las
distintas plataformas ni resolver los posibles contratiempos que vayan
surgiendo.
Basándome en estos
aspectos, he podido fundamentar una opinión sobre las clases online. Creo que
son factibles para niveles más altos, cuando ya son autónomos en el uso de las
nuevas tecnologías y controlan las aplicaciones necesarias para el desarrollo
de las clases. Por ejemplo, en la universidad, Bachillerato y ESO, creo que se
puede implantar la docencia online. Pero en el colegio es más complicado, aun así,
creo que desde que van en primaria, con ayuda y supervisión de un adulto
podrían seguir las clases. Pero donde lo veo muy complicado es en infantil.
Esta es una etapa basada prácticamente en el juego, la manipulación y
experimentación, donde muchos de los aprendizajes surgen de manera
espontánea fruto de la interacción con el medio. Además, contamos con que
el alumnado no sabe manejar los aparatos electrónicos con suficiente facilidad
como para seguir una clase. Esto supondría una gran implicación por parte de
las familias, pero hay que tener en cuenta que la mayoría de las familias no
pueden porque trabajan.
Creo que se podrían
plantear actividades para hacer en clase, que refuerce lo trabajado en el aula,
pero esto no sería una docencia telemática como tal. Los docentes pueden
compartir recursos con las familias para que estas las pongan en práctica
cuando puedan, además de que podrán ir haciendo un seguimiento enviando
muestras de la ejecución de las tareas propuestas.
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